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Una humanidad nueva. Perseguidos por su fe

Litterae Communionis n.02, febrero 2026
EDITORIAL

Casi cinco mil millones de personas en todo el mundo (el 64% de la población) sufren graves violaciones de su libertad religiosa. Los cristianos están entre los grupos más vapuleados. Más de 380 millones de creyentes están discriminados o sufren violencia a causa de su fe. Es un fenómeno que afecta a uno de cada siete cristianos y que se ha agravado en 2025 por los conflictos abiertos, los regímenes autoritarios y el extremismo religioso. Las cifras son impresionantes y la fuente es fiable. Las daba el propio León XIV el pasado 9 de enero ante el Cuerpo diplomático acreditado en la Santa Sede. De cara al Jubileo, en julio de 2023 el papa Francisco creó la comisión de los “Nuevos mártires – Testigos de la fe” para custodiar la memoria de los que han dado su vida por Cristo en los últimos 25 años. En pocos meses se recogieron más de doce mil historias de martirio. «Son más numerosos en nuestro tiempo que en los primeros siglos: obispos, sacerdotes, consagradas y consagrados, laicos y familias que en diferentes países del mundo, con el don de su vida, han ofrecido la suprema prueba de caridad», afirmaba el pontífice argentino.

Aparte de las cifras, impresiona también el silencio que envuelve estas persecuciones que no movilizan a las multitudes. Reivindicar el derecho a la libertad religiosa no ocupa las calles. Callados en vida e ignorados después de su muerte. Parece absurdo el destino de aquellos que no pudieron ejercer lo que Benedicto XVI definía como «el primero de todos los derechos humanos porque expresa la realidad más fundamental de la persona». Esos millones de perseguidos y esos miles de mártires son personas que no pretenden realizar actos heroicos. No buscan la muerte sino una vida plena, vivida desde la fidelidad a aquello que creen. No causan la violencia, la padecen. Permanecen cuando lo más fácil sería huir. No son héroes trágicos sino testigos silenciosos.
Shahbaz Bhatti, ministro pakistaní asesinado en 2011 y actualmente Siervo de Dios, dejó escrito en su testamento: «Quiero vivir por Cristo y por él estoy dispuesto a morir. No siento miedo alguno en este país. Muchas veces los extremistas han tratado de asesinarme o de encarcelarme; me han amenazado, perseguido y han aterrorizado a mi familia. Mientras viva, hasta el último aliento, seguiré sirviendo a Jesús y a esta humanidad pobre que sufre, a los cristianos, a los necesitados, a los pobres».

En el Apologético de Tertuliano, escrito hace más de mil ochocientos años, se puede leer esta frase: «Aunque sea refinada, vuestra crueldad no sirve de nada; más aún, para nuestra comunidad constituye una invitación. Después de cada uno de vuestros golpes de hacha, nos hacemos más numerosos: la sangre de los cristianos es semilla eficaz». Los cristianos perseguidos son también el signo visible de una humanidad nueva. «Este es el primer prodigio que se realiza cuando los creyentes son puestos a prueba a causa de su fe: la unidad se consolida, en vez de romperse, porque está sostenida por una oración inquebrantable», decía Benedicto XVI en una audiencia general el 18 de abril de 2012. En la prueba se consolida la unidad.

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