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Litterae Communionis n.6, noviembre-diciembre 2023

Dónde está el hombre

Número dedicado a dos temas: 1) la Jornada de apertura de curso (JAC) de Comunión y Liberación, cuyo lema es “La fe, cumplimiento de la razón”; y 2) el dolor de la guerra –las guerras–
El 7 de octubre, durante el ataque de Hamás, también estaba celebrando la JAC la pequeña comunidad de CL que vive repartida por esos territorios donde la cifra de muertos ya es incontable. Estaban juntos, árabes e israelíes, cuando el ruido de las sirenas ensordeció la mañana. A partir de ahí todo se precipitó. Había que ir hasta el fondo de la pregunta de quiénes somos, a quién pertenecemos, ¿queda algún vínculo esencial cuando todo se desintegra? ¿De qué sirve ganar el mundo y perderse uno mismo? Las palabras, los análisis y la avalancha de consideraciones penúltimas son incapaces de resistir el embate de las imágenes que hemos visto estas semanas. Pero ha habido un hecho diferente del resto. El patriarca latino de Jerusalén, Pierbattista Pizzaballa, se ha ofrecido para intercambiarse por los niños israelíes que han sido secuestrados. «Estoy dispuesto a cualquier cosa. Si esto puede darles la libertad y llevarlos a casa, por mi parte hay disponibilidad absoluta». ¿De qué experiencia nace un gesto que es más radical que todo el mal y la injusticia? Un gesto que hace aún más urgente la pregunta planteada en la JAC: cómo se puede conocer a Cristo de tal modo que podamos apoyar en él la vida entera.

Pocos días antes, frente a la pregunta de dónde está Dios con todo lo que está pasando, de nuevo Pizzaballa respondía: «La pregunta es dónde está el hombre. ¿Qué hemos hecho de nuestra humanidad?». Y añadía: «Para recuperar nuestra humanidad debemos mirar a Cristo, que es el hombre concreto. De lo contrario nos quedaremos en vaguedades y abstracciones. Jesús como presencia real que cambia, que toca nuestra vida». Es este cambio de mirada, el que se documenta también en los testimonios que vimos en las Jornadas de apertura de curso a lo largo de nuestro país, algunos de los cuales compartimos en la sección “En nuestra tierra”.

Publicamos la intervención de una amiga ucraniana en la Asamblea internacional de responsables:

En primer lugar quiero dar las gracias a todos los que están ayudando al pueblo ucraniano, a los que nos acompañan y a los que nos miran sin apartar la mirada. La realidad se conoce a través de la experiencia. Y la mía hoy es la guerra en mi país, del que he huido. Me surge esta pregunta: ¿cómo testimoniar una experiencia que resulta incómoda, fuera de lugar, sin reducirla a un análisis o a mera conmiseración? La experiencia conlleva descubrir el sentido del objeto que conocemos. Para mí, eso implica comprender el significado de la guerra en la acepción más auténtica de esta palabra. Pero parto de cómo define don Giussani la experiencia.

1. El encuentro con una realidad que está fuera de ti. En mi caso, el impacto con la guerra, verme expulsada fuera de mi vida cotidiana, pero también encontrarme con una experiencia de amistad, de camino y de trabajo común. ¿Qué tiene que ver este hecho objetivo con el movimiento y con la comunidad?

2. Comprender el sentido y el valor de esta experiencia. ¿Es posible descubrir un valor y un sentido incluso en la guerra? Para mí, esta búsqueda es la respuesta a la pregunta de si puedo dormir tranquila ante el dolor del otro, como los apóstoles cuando Cristo les pidió que velaran con él. Es la gracia de la fe. continuo para poner en relación la realidad con las exigencias de mi corazón. La correspondencia entre
3. Una verifiación crítica y personal. Un trabajo continuo para poner en relación la realidad con las exigencias del corazón. La correspondencia entre el sentido de mi experiencia y el hecho con el que me topo. ¿Qué tiene que ver la experiencia de la guerra con mi comunidad? ¿Cómo puedo conocer aspectos de la realidad a los que no puedo acceder directamente en mi vida y que a menudo afectan a preguntas vitales importantísimas? Dicho de otro modo, ¿por qué necesitamos al testigo?

Me conmueve mucho el fenómeno del testimonio. Yo soy testigo de la fe, de Cristo crucificado y de Cristo resucitado, y al mismo tiempo de la experiencia de un camino humano que se me da para recorrerlo. Yo no he elegido testimoniar la experiencia de ser viuda o refugiada, mucho menos en guerra. Pero en mi corazón vence cada día la fe, la esperanza y la conciencia de que Cristo está conmigo en esta tempestad. Yo testimonio y llevo conmigo esta experiencia, que tiene que ver con mi corazón, con mi afecto a Cristo. Pero también con el hecho de que testimoniar esto resulta cada vez más complicado por el dolor y el sufrimiento que genera en otros. Veo que la experiencia que testimonio es demasiado dura. Me siento como el leproso al que se le prohíbe entrar en la ciudad, pero al que Cristo se acerca para consolarlo. Creo que solo la fascinación del encuentro con Cristo no bastaría para que los apóstoles lo siguieran. Estoy segura de que lo que les permitió dejarlo todo y seguir tras él fue ver cómo Cristo miraba su humanidad, cómo abrazaba su dolor, sus errores, su desesperación. Era una presencia frente a la necesidad y el misterio del otro.

Sigo mi camino en el movimiento únicamente porque Cristo me ha llamado a través de los gestos de estos amigos en los que vislumbro a Giussani. Ahora vivo en Italia, lejos de mi familia, que ha huido a Holanda, y doy gracias a Giussani por enseñarme a estar delante de la belleza, la dignidad, el dolor y la alteridad. Lo sigo porque ha generado una fe activa. Necesito que las palabras sobre nuestro “ser un solo cuerpo” no se queden en una teoría, sino verlas en acto. Deseo que el movimiento llegue a ser como esa pequeña hendidura que el alpinista busca en la roca cuando escala una montaña para poder apoyarse y llegar allí donde parecería imposible llegar.

Lali


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