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Recuperar la educación

Litterae Communionis n.06, junio 2026
EDITORIAL

La primera tarea

La educación es la manera más sencilla y profunda de acompañar a alguien a crecer. Luigi Giussani la definía como «introducción a la realidad total». Un descubrimiento, una búsqueda de significado, una capacidad de adentrarse en la intimidad de la realidad y por tanto de uno mismo. Un proceso de apertura para que uno pueda orientarse en la realidad y reconocer aquello que le permite vivir y ser cada vez más él mismo. Es un movimiento que nace de relaciones verdaderas, de adultos que acompañan, de lugares que custodian y relanzan. Justo por ese movimiento intrínseco a la tarea formativa, la educación supone también un compromiso social, una manera de construir una convivencia distinta en todos los ámbitos donde se despliega la vida. «El motivo fundamental de orientar la educación a los jóvenes –afirma Giussani en Educar es un riesgo– es que a través de ellos se reconstruye la sociedad; por eso el gran problema de la sociedad es ante todo educar a los jóvenes (lo contrario de lo que sucede ahora). La cuestión principal para nosotros, en todos nuestros planteamientos, es la educación: cómo educarnos, en qué consiste y cómo se desarrolla la educación, una educación verdadera, es decir, que corresponda al ser humano».

En consecuencia, nadie educa ni se educa en soledad. «Las capacidades inherentes que tenemos no solo no existen por sí mismas, sino que tampoco actúan por sí solas; son como una máquina que, además de haber sido construida por otros, tiene necesidad de que otro la ponga en marcha», sigue diciendo Giussani en El sentido de Dios y el hombre moderno. Nuestra humanidad original solo se activa en el encuentro con otros, en la inmanencia a una comunidad. Como dice un proverbio africano que recuperó el papa Francisco y que numerosas realidades educativas hacen suyo, «para educar a un niño hace falta un pueblo». Implica una labor silenciosa e infinita, pero esa es la primera tarea de quien ha encontrado un Acontecimiento capaz de cambiar la vida. Es crucial para comunicar la fe, y al mismo tiempo es el problema del presente y del futuro de una sociedad como la nuestra: deshecha, nihilista, privada de un punto de positividad y atractivo que arroje algo de luz a la existencia.

Vivimos hiperconectados pero profundamente solos, inmersos en una dinámica que provoca ansiedad e insatisfacción y que puede acabar degenerando en violencia o en un aislamiento radical. Nos encontramos ante una emergencia que afecta tanto a los jóvenes como a los adultos, a los que les cuesta asumir una responsabilidad estable y transmitir un sentido a la vida. Pero en medio de esta situación, a pesar de todo, existen personas, lugares y experiencias donde hay jóvenes –y adultos que no los abandonan– en los que florece la humanidad. Tal vez no salgan en las noticias, pero no por eso son menos reales. Mirar y mostrar estas historias equivale a dar voz a un principio de cambio efectivo. Y cuando eso sucede, no solo florece el yo, sino que se abre una esperanza para todos.

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