Nuestra revista

El santo de lo escencial
Litterae Communionis n.03, marzo 2026San Francisco suele ir asociado a muchas palabras. Humildad, pobreza, radicalidad evangélica, ecología, reforma, paz… son solo algunas de las más frecuentes en el imaginario colectivo que ya se remonta a 800 años atrás. Por otro lado, inevitablemente la esencialidad con que vivía dio motivo para ahondar en muchos aspectos de su personalidad. Una persona esencial pero tan profunda al mismo tiempo que partiendo de un particular se puede desentrañar todo lo demás.
San Francisco se despojó de todo para consistir solo en Jesús, hasta tal punto que recibió los estigmas y llegaron a definirle como un “alter Christus”. Una de las palabras que a veces, de tan usada, suena superficial es fraternidad. Para él eran hermanos y hermanas el sol, la luna y la creación entera, pues comparte con ellos su origen y destino en Dios. Pero sobre todo eran “hermanos” sus amigos –como lo era cualquier hombre o mujer– con los que dio vida a una fraternidad, la de los hermanos menores, que dio origen a una nueva forma de relacionarse en la sociedad y en el mundo. “Hermanos todos” por ser “hijos todos”, como recordaba el papa Francisco en su tercera encíclica, Fratelli tutti.
Otra palabra muy franciscana es la alegría. Pero ¿qué es lo que quiere expresar? «El hombre está contento porque Dios vive –escribe don Giussani en El rostro del hombre–. Es un dolor que ríe, como les sucede a los niños cuando se caen y se hacen daño y su cara se inunda de lágrimas: lloran por el dolor que sienten, pero al mismo tiempo sonríen porque su madre y su padre están con ellos para consolarles y ayudarles». Alegría y dolor juntos, ¡qué paradoja! Algo imposible para alguien a no ser que viva totalmente cautivado por Jesús porque solo tiene una razón para vivir, y es que «Dios es».
El santo que no poseía nada también vuelve a poner ante nuestros ojos la palabra obediencia, uno de los tres votos franciscanos (como todas las órdenes religiosas), junto a pobreza y castidad. El comienzo de su Regla, aprobada por el papa Honorio III, la enumera en primer lugar y la repite tres veces. «La regla y vida de los hermanos menores es esta, a saber: guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin nada propio y en castidad. El hermano Francisco promete obediencia y reverencia al señor papa Honorio y a sus sucesores canónicamente elegidos y a la Iglesia romana. Y los otros hermanos estén obligados a obedecer al hermano Francisco y a sus sucesores». Una fórmula precisa que no deja espacio a muchas interpretaciones. Palabras exigentes pero no inalcanzables, como afirma también Giussani en ¿Se puede vivir así? «La palabra obediencia no es más que la virtud de la amistad». Recuerda un poco a la gran pregunta de Anne Vercors en La Anunciación a María. «¿Y por qué atormentarse cuando es tan simple obedecer?».
En este número, en “Nuestra Tierra” hacemos un recorrido histórico sobre la decisiva presencia de los franciscanos en la construcción y evangelización de la civilización hispanoamericana. Por otra parte, dados los acontecimientos vividos en nuestro país el pasado 22 de febrero, publicamos el juicio del movimiento en México, como una ayuda a reconocer que la violencia y la muerte no tienen, ni tendrán nunca, la última palabra.
Suscríbete a la revista Litterae Communionis