
La pasión “post-resurrección”
1. La crucifixión: acto de entrega
Es inevitable que cuando pensamos en la crucifixión no se nos haga evidente la maldad de que somos capaces; la indolencia de las masas, el lavarnos las manos, la dificultad para permanecer en oración, la tergiversación de los hechos, los testigos falsos, el egoísmo del poder y la ejecución de su fuerza, la afirmación del absurdo, la diversión frente al sufrimiento del otro, “vender” al amigo o negarlo, etcétera. La maldad en múltiples formas. Apatía (que es una forma de elegir) y elecciones directas.
Todo ello es verdad, pero pensar solo en ese sentido, es considerar a Cristo solo en tanto que víctima frente a sus victimarios; en cambio, Jesús dijo con claridad: “yo doy mi vida, nadie me la quita”. La crucifixión, después de Cristo crucificado y resucitado, tiene una vía interpretativa mucho más grande y verdadera: la de la entrega libre que representa el triunfo final sobre el egoísmo y la muerte, de la cual todos podemos participar. O sea que cada uno de nosotros es objeto directo del amor de Cristo, de modo que yo puedo decir que “murió por mí”, tú puedes decir que “murió por ti”; y al mismo tiempo cada uno de nosotros puede unirse a los sufrimientos de Cristo y participar de esa forma de la salvación de todos.
2. Un solo sacrificio
La Iglesia proclama desde el principio que Cristo murió una sola vez y para siempre por el rescate de la humanidad. Cada celebración eucarística se actualiza en único sacrificio y la única Pascua. Esto es muy importante, para comenzar por dos razones: la primera, unida al “antes”, la segunda al “después” de la crucifixión. El “antes” es toda la preparación, contiene toda la historia del pueblo de Israel. En el crucificado se consuman profecías, pero sobre todo queda superado lo que era insuperable: que hubiera algún sacrificio capaz de dar salud plena. Incluso lo más santo: “Sacrificios y oblaciones y holocaustos por el pecado no los quisiste ni te agradaron –cosas todas ofrecidas conforme a la Ley” (Heb. 10, 8); porque, en efecto, “No conteniendo la Ley más que una sombra de los bienes futuros, no la realidad de las cosas, no puede nunca, mediante unos mismos sacrificios que se ofrecen sin cesar año tras año, dar la perfección a los que se acercan” (Heb. 10, 1).
En el “antes” está también y principalmente la vida de Jesús. Y entonces, la crucifixión debe entenderse como una consecuencia, un punto culminante de toda esa vida, es decir, el fruto supremo del amor. A tal grado que Él mismo afirmó a Nicodemo: “cuando el Hijo sea levantado…”. El momento de la crucifixión única, recupera todo el “antes” y lo exalta.
Por otro lado, el “después” es la continuidad perenne del único sacrificio dentro de la vida de la Iglesia. O sea, el sacrificio después del sacrificio. El sacrificio ya dentro de la realidad de la Pascua. Nosotros celebramos así. La cruz no es solo cruz, también es sepulcro vacío. El sacrificio no es solo sacrificio, también es cumplimiento. Aunque celebramos en el Triduo, porque necesitamos los días para entenderlo y vivirlo, en realidad celebramos la pasión vislumbrando ya la resurrección, y en la resurrección identificamos perfectamente los rastros de la pasión.
Lo que quiero decir, es que nuestra vivencia de la pasión es “post-resurrección”. No conocemos otra forma, y no nos sería válida ninguna otra forma.
3. El misterio del sufrimiento –post-resurrección–
Ni el mal ha sido extirpado definitivamente (aunque sí podemos decir con certeza que no tiene ya la última palabra) ni el sufrimiento ha terminado. Mal y sufrimiento son dos grandes problemas, misterios irresueltos que nos golpean a todos de cuando en cuando –o continuamente–. Pero, después del sacrificio de Cristo, no son ya simples enemigos a vencer.
El sufrimiento es inherente a la condición humana. Hay quienes hacen una distinción interesante entre dolor y sufrimiento; defienden que el primero es una consecuencia de las cualidades de la materia, el cuerpo que siente, se enferma y muere, y entonces es común a todo el reino animal; en cambio, el sufrimiento correspondería solo al ser humano, que proyecta sus dolores al horizonte del sentido y la historia (lo que vendrá o lo que deja de ser). Esto quiere decir que el sufrimiento es un dolor más intenso, uno que llega hasta la subjetividad –psicológica– y el mundo del sentido.
En 1984 el papa san Juan Pablo II nos dejó una bella Carta Apostólica sobre el sufrimiento humano que puede unirse a los dolores salvíficos de Cristo: Salvifici doloris. No se puede arrancar el sufrimiento y claramente éste no corresponde al hombre. Nadie se siente atraído a sufrir, pero sí puede hacer que su sufrimiento se convierta en sacrificio, es decir, puede llegar a tener un estatus de entrega que santifica.
A veces sufrimos sin sentido o nos atraemos sufrimientos que podríamos evitar; por ejemplo, cuando nos aferramos a cosas o proyectos, o cuando no somos capaces de perdonar o nos generamos ansiedad por algo que podría ser –aunque aun no sea–. Esos sufrimientos son evitables. Hay otros, que no lo son: la muerte de un ser querido, la propia enfermedad, el dolor por la situación social que vivimos, alcances de la injusticia, etcétera. Lo grandioso de la cruz de Cristo es que nos abre a un universo de sentido profundo, donde cada sufrimiento puede convertirse en sacrificio.
‘Sacrificio´ es una palabra hermosa, que significa “hacer algo santo” o “santificar algo”. Todo se puede sacrificar, esto es, santificar. El punto de acceso, es la ofrenda suprema de Cristo. En la Misa, está condensado en el momento de la Doxología: “por Cristo, con Él y en Él…”. “Yo doy mi vida, nadie me la quita”.