Detalle de un fresco en el convento de Huejotzingo con los primeros doce frailes franciscanos. Foto: Alejandro Linares García

Tonantzin Guadalupe. Motolinía y los doce pobres

Nuestra historia: "Cortés solicitó al emperador Carlos V el envío de misioneros para anunciar el Evangelio. El emperador dio su aval, consintiendo que para el proyecto evangelizador fueran enviados frailes de la Orden Franciscana".
René Cortés

Tras la caída de Tenochtitlan en 1521, Hernán Cortés impulsó la evangelización como un elemento central de su proyecto político. No obstante, durante los primeros años la presencia religiosa fue escasa y poco organizada. Los religiosos que acompañaban a Cortés eran principalmente capellanes castrenses, cuya labor se limitaba a la atención espiritual de los soldados españoles. Puede afirmarse que el primer anuncio del cristianismo a los pueblos indígenas fue improvisado y dependió en gran medida del propio Cortés, de sus hombres y de la mediación de intérpretes. En este contexto, la figura de doña Marina resultó fundamental, pues actuó inicialmente como traductora y mediadora cultural y, posteriormente, por iniciativa propia, como cristiana que comunicó los rudimentos de la fe a los indígenas.

Ante la necesidad de establecer una misión más estable en la Nueva España, Cortés solicitó al emperador Carlos V el envío de misioneros para anunciar el Evangelio. El emperador dio su aval, consintiendo que para el proyecto evangelizador fueran enviados frailes de la Orden Franciscana. Con una acertada intuición espiritual, el ministro general de la orden, fray Francisco de los Ángeles Quiñones, a solicitud del emperador y con el respaldo del Papa, decidió encomendar la evangelización de la Nueva España a doce frailes, evocando simbólicamente el número de los apóstoles con los que Cristo emprendió la conversión del mundo.

Fueron elegidos frailes descalzos procedentes del convento de Belvís de Monroy, en Cáceres, bajo la dirección de fray Martín de Valencia como superior. Estos frailes, conocidos como los doce apóstoles de México, fueron enviados a evangelizar siguiendo los principios de pobreza, humildad y fidelidad al Evangelio, inspirándose en el

ejemplo de los apóstoles.

El viaje hacia la Nueva España fue largo y complejo. Atravesaron Sevilla y el Caribe, y finalmente llegaron al puerto de San Juan de Ulúa. En 1524, los doce fueron recibidos con gran solemnidad por Cortés y con enorme asombro por los indígenas, quienes se sorprendieron al ver a españoles poderosos honrar a frailes pobres y descalzos, a los que llamaban motolinía (“pobres”), nombre que desde ese instante adoptó para sí Fray Toribio de Benavente.

La llegada de los doce franciscanos a la Nueva España marcó el inicio de una evangelización sistemática y profundamente simbólica, con una repercusión cultural inédita hasta entonces: la gestación de una nueva civilización mestiza que, de manera gradual, daría forma a una entidad cultural rica, creativa, variada y al mismo tiempo homogénea: Hispanoamérica.

Antes del arribo de los doce, habían llegado a la Nueva España en 1523 tres franciscanos flamencos: fray Juan de Tecto, fray Juan de Aora y el hermano lego Pedro de Gante. A pesar de no conocer las lenguas indígenas, estos frailes comenzaron a predicar de manera sencilla, recurriendo a símbolos, gestos e imágenes para transmitir el mensaje cristiano. Su labor fue breve y estuvo marcada por numerosas dificultades: dos de ellos murieron poco tiempo después de su llegada, y solo fray Pedro de Gante logró permanecer en el territorio, aprender la lengua y desarrollar una labor misionera más duradera.

Al igual que Pedro de Gante, los doce misioneros recién llegados tuvieron que aprender las lenguas nativas e iniciar un arduo diálogo con los líderes indígenas, explicando la fe cristiana en un continuo proceso de enseñanza y aprendizaje. Si se toma en cuenta la densidad de población y el reducido número de evangelizadores disponibles en aquellos años, puede comprenderse la enorme complejidad de este proceso en los inicios de la Nueva España.

No se trató únicamente de la difusión de una nueva religión, sino de un profundo intento de transformación cultural y espiritual llevado a cabo en un territorio vasto y diverso, habitado por millones de personas con sistemas religiosos sólidamente arraigados, complejas cosmovisiones y tradiciones ancestrales. Frente a esta realidad, el reducido número de frailes encargados de la evangelización se enfrentó al enorme desafío de comunicar el cristianismo a pueblos con lenguas, símbolos y concepciones del mundo radicalmente distintas a las europeas.

Una fuente fundamental para comprender el primer encuentro evangelizador es El Libro de los coloquios y la doctrina cristiana, escrito por fray Bernardino de Sahagún en náhuatl y castellano. Este texto recoge los diálogos sostenidos en 1524 entre los doce franciscanos recién llegados y los principales dirigentes indígenas, y muestra que la evangelización inicial se desarrolló aun dentro de un contexto de mucha tensión, como un proceso de diálogo respetuoso más que como un discurso unilateral. En los primeros capítulos se aprecia cómo los frailes expusieron los fundamentos de la fe cristiana, mientras los líderes indígenas respondían con cortesía, pero también con prudencia, manifestando la dificultad moral y social que implicaba abandonar las tradiciones heredadas de sus antepasados. Así lo expresaron al afirmar:

«Señores nuestros, seáis muy bien venidos; gozamos de vuestra venida. Todos somos vuestros siervos; todo nos parece cosa celestial».

«Nosotros, que somos bajos y de poco saber, ¿qué podemos decir?

No nos parece cosa justa que las costumbres y ritos que nuestros antepasados nos dejaron, tuvieron por buenos y guardaron, nosotros, con liviandad, los desamparemos y destruyamos».

La tensión aumentó cuando los sacerdotes aztecas participaron en las conversaciones. Aunque algunos mostraron admiración y temor ante el mensaje cristiano, prevaleció el apego a los dioses antiguos y el miedo a las consecuencias religiosas y sociales de renunciar a ellos.

«Mirad que no incurramos en la ira de nuestros dioses; mirad que no se levante contra nosotros la gente popular si les dijéramos que no son dioses los que hasta aquí siempre han tenido por tales».

«De una manera sentimos todos: que basta haber perdido, basta que nos han tomado la potencia y jurisdicción real. En lo que toca a nuestros dioses, antes moriremos que dejar su servicio y adoración».

Durante los primeros años, los evangelizadores enfrentaron grandes dificultades: la incomprensión de los indígenas, las tensiones con los colonos españoles, las críticas a su defensa de los naturales y las pugnas entre la Primera Audiencia, los conquistadores y los misioneros. Aunado a ello, los frailes reconocían en los indígenas virtudes que superaban con mucho a las de los españoles cristianos recién llegados, lo cual, aunque positivo, representaba un problema para su proyecto evangelizador al ofrecer testimonios cristianos poco edificantes. Sin embargo, mediante un diálogo persistente, un trato amable y respetuoso, y numerosas exposiciones doctrinales, los indígenas comenzaron a aceptar gradualmente la fe cristiana.

Fue en este contexto cuando, en 1531, aconteció la aparición de la Virgen de Guadalupe, la cual desempeñó un papel crucial en el proceso de conversión al establecer un puente cultural y espiritual entre el mundo indígena y la fe cristiana, imposible de lograr únicamente por medio de los misioneros. Este acontecimiento otorgó legitimidad al pensamiento religioso del flor y canto, cultivado por los poetas nahuas (tlamatinime), cuyos anhelos más profundos se dirigían al Dador de la Vida, al encontrar resonancia en el mensaje guadalupano expresado en su propio lenguaje simbólico

La aparición de la Virgen de Guadalupe, aunque no reconocida inicialmente por los franciscanos, fue una presencia decisiva en la evangelización. Más que un simple símbolo religioso, actuó como un medio de conciliación espiritual y como respuesta a la búsqueda existencial de los pueblos indígenas, favoreciendo la aceptación sincera del cristianismo y contribuyendo a la construcción de una nueva identidad religiosa y cultural. A partir de este acontecimiento, las conversiones fueron exponenciales y la administración de los sacramentos, especialmente el bautismo y la confesión, se intensificó notablemente.

Motolinía, aunque no menciona explícitamente a la Virgen como facilitadora directa de este proceso, sí da cuenta de sus efectos cuando narra que:

«les salen los indios al camino con los niños en brazos, y con los dolientes a cuestas, y hasta los viejos decrépitos sacan para que los bauticen… Cuando van al bautismo, los unos van rogando, otros importunando, otros lo piden de rodillas, otros alzando y poniendo las manos, gimiendo y encogiéndose, otros lo demandan y reciben llorando y con suspiros»

Asimismo, añade:

«eran tantos los que se venían a bautizar que los sacerdotes bautizantes muchas veces les acontecía no poder levantar el jarro con que bautizaban por tener el brazo cansado, y aunque remudaban el jarro les cansaban ambos brazos… En aquel tiempo acontecía a un solo sacerdote bautizar en un día cuatro y cinco y seis mil» … «a mi juicio y verdaderamente, serán bautizados en este tiempo que digo, que serán 15 años, más de nueve millones»

La conversión indígena fue auténtica y profunda, reflejada en cambios morales, sociales y religiosos, como la disminución de la violencia, la adopción del matrimonio cristiano y una intensa vida religiosa. Motolinía ofrece nuevamente un testimonio significativo en su carta de 1555 dirigida a Carlos V, donde afirma:

«En el año pasado [1540] en sola esta provincia de Tlaxcalan ahorraron los indios [dieron libertad] más de veinte mil esclavos, y pusieron grandes penas que nadie hiciese esclavo, ni le comprase ni vendiese, porque la ley de Dios no lo permite» … «restituyen muchos de los indios, antes que vengan a los pies del confesor, teniendo por mejor pagar aquí, aunque queden pobres, que no en la muerte» … «Ayunan muchos viejos la Cuaresma, y levántanse cuando oyen la campana de maitines, y hacen oración, y disciplínanse, sin nadie los poner en ello»

«También se han apartado del vicio de la embriaguez y hanse dado tanto a la virtud y al servicio de Dios, que en este año pasado de 1536 salieron de esta ciudad de Tlaxcalan dos mancebos indios confesados y comulgados, y sin decir nada a nadie, se metieron por la tierra adentro más de cincuenta leguas, a convertir y enseñar a otros indios. Y allá anduvieron padeciendo hartos trabajos y hicieron mucho fruto. Y de esta manera han hecho otros algunos en muchas provincias y pueblos remotos»

Estos testimonios permiten afirmar que la evangelización de la Nueva España no fue un proceso homogéneo ni exento de conflictos, pero sí profundamente significativo. Más allá de la imposición política, la misión franciscana de los doce, logró establecer un verdadero diálogo intercultural que, con el tiempo, dio lugar a una transformación religiosa y social de gran alcance, cuyos efectos marcaron de manera decisiva nuestra historia. Claramente con la intervención de Dios, el Dador de la Vida, al enviarnos como Mediadora, Madre y Compañera diaria de este nuevo pueblo a La Virgen de Guadalupe, Reina de América.