Detalle de la “La resurrección de Cristo» de Piero della Francesca

Vivir la Resurrección

"Que vivamos estos días, y a partir de ellos toda la vida, en la intensidad de la Resurrección. Feliz Pascua". El artículo de nuestro a amigo Hugo León Narvez, publicado en el diario Notidiócesis de Chihuahua el pasado 5 de abril.
Hugo León Narváez

Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe

¿A qué se refiere el Apóstol (1Cor 15,14) con esta afirmación? Vano es aquello a lo que le falta solidez o está vacío. Sin la resurrección, todo quedaría vacío, efectivamente. Las escenas del regreso al sepulcro, o de los discípulos encerrados por temor, o de los discípulos que regresaban a Emaús, son todas escenas llenas de afecto a Cristo, pero muy tristes. Lo que habían vivido junto al Maestro era impensable; habían sido conquistados hasta las entrañas por Él... pero había acabado. Pongamos mucha atención a esto: allí estaba terminando todo. Era el punto final. Con cuánta sabiduría dijo Gamaliel al Sanedrín, que «si esto es de carácter humano, se desvanecerá». Nosotros podemos afirmar algo: no habría nacido siquiera. Ninguno de los seguidores de Jesús tenía la fuerza de iniciar nada; ellos nada habían inventado y nada podrían emprender con el pesar de su corazón.

La resurrección lo cambió todo. Si Cristo no hubiera resucitado, nada. Pero si Cristo resucitó, todo. Una prueba de la verdad del acontecimiento de la Resurrección es el testimonio de los discípulos, no por la validez que tenía para los hebreos el testimonio, sino porque a ningún hombre, por loco que esté, se le ocurriría inventar la resurrección del amigo a quien tanto ama y ha visto morir. Nunca se ha visto en la historia algo así. Al amigo que muere se le respeta, no se le inventa, no se le usa. Es realmente descabellada, fuera de toda lógica humana, la idea de que los discípulos se hubieran inventado que su Maestro resucitó. Choca decididamente a la razón.

¿Quién puede cambiar su luto en alegría como por arte de magia? ¿Quién, al otro día de la muerte de su madre, se va al antro? ¿Quién soporta festejar con pompa y tambor su cumpleaños a dos días de que han asesinado a su hermano? Y, ¿a quién se le ocurriría la horrenda idea de decir al conocido que le da el pésame por la muerte de su madre: «no, no te preocupes, si no se murió», y echar enseguida a reír: «te tomaron el pelo»? Sería una burla contra todo afecto sincero. Más aún, sería imposible.

Ahora bien, pudiera ocurrir que a alguno en algún caso, por una suerte de esquizofrenia le pase por la cabeza la idea de que su amigo no murió, que sólo está dormido o se fue de viaje, etc. Pero pensar que no uno sino doce y muchos más dejaron de llorar y comenzaron a reír, alabar a Dios y comunicar a todos una gran noticia... eso escapa del todo de lo razonable. Pues bien, eso es lo que pasó con los amigos de Jesús. Se pusieron más contentos incluso que como estaban antes de la cena de Pascua. El corazón palpitaba con tal fuerza que parecía que se les escapaba. No cabían por dentro, no cabían en ese cuerpo; era como si su cuerpo mismo tuviera ya por esa experiencia de afecto una premisa de la experiencia de la resurrección en sus propios cuerpos.

La prueba del tiempo

La frase citada de Gamaliel está en los Hechos de los Apóstoles. Los cristianos se encuentran en plena persecución por parte de los judíos. Los miembros de la comunidad judía están reunidos para decidir qué hacer con los Apóstoles, que tienen detenidos allí y están a punto de juzgar. En eso se levanta de entre el concilio este reconocido doctor de Ley y sugiere prudencia; pide que saquen un momento a los Apóstoles y les dice que «si lo que se proponen es de origen humano, fracasará; pero si es de Dios no lograrán destruirlos» (Hch. 5, 38-39).

La asamblea judía hace caso a Gamaliel, bajo el acento de que, «si no o es de Dios, fracasará». La otra posibilidad era que «si es de Dios no podrán destruirlos». Para los seguidores de Cristo, en cambio, no estaba en la mira ninguna de las dos pruebas; ellos simplemente vivían en la alegría de la resurrección. No se justificaban ante nadie, no tenían grandes discursos, sólo su fe vivísima y su estar aferrados a Cristo resucitado. Vivían la carnalidad de la resurrección.

Vivir de la resurrección

Ahora bien, estimados lectores, la prueba del tiempo de la resurrección no se da sólo por la durabilidad en el tiempo. Es ciertamente importante esta prueba, pero para mí, para ti, así en concreto, la prueba suprema del tiempo es mi tiempo -tu tiempo-, el tiempo de mis días, semanas, meses - tus días, semanas, meses-; es mi ahora -tu ahora- con sus minutos y segundos. Es decir, es la vida resucitada del Resucitado en mí, que me alcanza, igual que desde el primer momento de la resurrección, por la comunidad cristiana, es decir, la comunidad de los que estamos aferrados a Cristo: la Iglesia.

Vivir la resurrección es vivir esto, con todas las implicaciones que contiene. No es un deber moral, como puede verse; no se desglosa en cosas que se hacen o no se hacen; no es un apostolado o un ministerio como función; es más bien una cuestión de certeza y afecto.

Que el Señor resucitado nos permita vivir en la alegría de la resurrección, que hace que todas las cosas sean nuevas. Nuevo nuestro trabajo, nuestro despertar diario; nuevo el amor por la esposa, el esposo, los hijos; nuevo el compromiso por la paz en nuestra sociedad; nuevo nuestro impulso de acción política, nuevas nuestras obras de generosidad, nuevo nuestro esfuerzo por el estudio; nueva la mirada sobre la realidad, en la que el mal no tiene la última palabra. Nueva toda la vida