
Entre Rusia y Ucrania, la unidad es el punto más profundo de mi vocación
Entrevista a Elena Mazzola, el testimonio de una Memores Domini que ha vivido por 15 años en Rusia, y luego, otros tantos en Ucrania. Primera parte.Es un cálido día de sol cuando me encuentro con Elena Mazzola en un bar, entre mi casa y el lugar donde vive con los chicos que logró rescatar y traer a Italia antes de la invasión rusa a Ucrania. Elena es menuda pero rebosa una energía contagiosa. Nacida en Desio y criada en Bresso, cerca de Milán, su vida dio un giro radical a los 13 años cuando, en unas vacaciones escolares, encontró el Movimiento de Comunión y Liberación. Aquella experiencia deslumbrante le enseñó que la fe debía estar conectada con el deseo de felicidad, un punto clave que ha guiado su camino desde entonces.
Hoy, Elena es reconocida por su labor con la ONG Emaús, pero para entender su presente en Ucrania, es necesario viajar al origen de su misión: 15 años de vida en Moscú, donde el diálogo cultural y la fe se entrelazaron en medio de una realidad política compleja.
¿Cómo surgió el camino que te llevó a Rusia?
Al empezar la universidad no sabía qué elegir. Yo no tenía ninguna pasión previa por Rusia ni conexión con las experiencias de la “Rusia Cristiana”. Sin embargo, tras una peregrinación a Częstochowa, tuve claro que debía estudiar idiomas porque ese era mi talento. Elegí el ruso casi por una “obsesión” de Don Giussani, quien en los
años 93 y 94 insistía en que todos debíamos ir a Rusia. Hoy reconozco que fue algo providencial.
¿En qué momento comprendiste que ese estudio era parte de tu vocación?
Lo empecé a comprender cuando empezé la universidad. La intuición de mi vocación, el estudio del idioma y el descubrimiento de que en el carisma del Movimiento latía un amor profundo por la ortodoxia y la unidad de la Iglesia, sucedió todo a la vez. Giussani amaba la ortodoxia porque veía en ella el corazón de la unidad. Descubrí también mi vocación a los Memores Domini y, tras haber cumplido mi primer semana en una casa de Memores, Giussani me preguntó si estaba dispuesta a irme a Moscú para abrir una casa allí junto con otras novicias.
Viviste 15 años en Moscú, todos bajo el mandato de Vladimir Putin. ¿Cómo fue ese encuentro con una cultura tan distinta?
Al principio llegué con una idea distorsionada. Creíamos que la presencia del Movimiento debía tener, en cierto modo, la misma forma que tenía en Italia. Una forma que nos encantaba porque coincidía con la forma en que habíamos encontrado a Cristo. Pero cuando llegas a una cultura donde la fe vive dentro de otra Iglesia, la Ortodoxa, entiendes que no puedes simplemente “traducir” la forma a otro idioma, sino que debes permitir que lo que te fascinó cobre vida dentro de esa cultura. Para mí, fue descubrir que los ortodoxos eran Iglesia viva, y que vivían lo mismo que yo de una manera diferente, con diferentes rasgos del mismo rostro de Cristo. Por eso decidí quedarme en Rusia, a pesar de que tenía ofertas para trabajar en universidades de Milán. Reconocía que era el Señor quien me pedía estar allí. Trabajé durante años en la Universidad Ortodoxa San Tijón de Moscú; fui la primera católica contratada allí. Comprendí que entre católicos y ortodoxos existía mucha ignorancia y prejuicios, y que nuestro don era darnos testimonio mutuo para la unidad, ese “sueño supremo” del que hablaba Giussani en 2004.
¿Era difícil para una católica vivir en ese “mundo ruso” que Putin empezaba a construir?
En aquel entonces, Putin engañó a muchos presentándose como alguien que restablecería lazos con Occidente. Nosotros, viviendo dentro, comprendíamos algunas cosas, pero la gravedad no fue evidente hasta la toma de Crimea en 2014. Sin embargo, a nivel humano, fue una experiencia deslumbrante.
En la universidad nació lo que llamamos la “comunidad volante”. Muchos ortodoxos, al encontrarse con el Movimiento, redescubrieron su propia fe y su propia Iglesia. Llegamos a ser grupos de 200 personas, incluyendo estudiantes de Bielorrusia, que participábamos juntos en la liturgia ortodoxa. Los pocos católicos que estábamos participábamos en la liturgia, pero no podríamos comulgar pues esto causaba escándalo, por lo que hacíamos el sacrificio de no comulgar, pero reconociendo la validez de sus sacramentos y la sucesión apostólica. Era una comunidad vibrante donde obispos y sacerdotes ortodoxos nos bendecían de forma extraoficial.
Hablas con mucha nostalgia y dolor de esa etapa. ¿Por qué te resulta difícil hablar de Rusia hoy?
Viví allí 15 años y mi hogar original es la casa de Moscú. Después me mudé a Kharkiv, Ucrania, donde abrimos una casa Memores Domini, porque el Movimiento ya había comenzado en Ucrania, aunque ninguno de nosotros había estado allí. La comunidad surgió de la gente local, de forma natural, pero con gente ortodoxa. En ese momento yo era la visitor, es decir, iba a acompañarlos, desde Rusia, pero no vivía allá. Con el tiempo entendí que “comunidad” no era eso, sino compartir la vida. Yo tenía un trabajo maravilloso en Rusia y era muy feliz en casa; pero me di cuenta que era necesario ir a vivir allá. Sin embargo, era difícil hablar de Rusia porque cuando me mudé a Ucrania en 2016, el levantamiento de Maidán ya había tenido lugar, y ya teníamos claro que la propaganda y la ideología rusas se estaban convirtiendo en guerra, y que ya no había libertad en Rusia. En Rusia ya se decía que todo en Ucrania era manipulado por estadounidenses y que el pueblo no tenía nada que ver. Empecé a ver cómo la propaganda construía una realidad paralela. Es doloroso, porque la comunidad rusa es una comunidad que sufre hoy, viviendo en un país agresor que finge no estar en guerra. He decidido permanecer vinculada a mi casa de Moscú a pesar de estar en Ucrania, porque si la unidad no se mantiene en el punto más profundo de la vocación, la fractura se vuelve total. Mantenernos juntos, rusos y ucranianos en la misma fe, es fundamental, aunque sea increíblemente difícil en este momento de inmenso dolor.
Con el paso de los años, fundamos en Ucrania la Asociación “Emaús”, que ayuda a chicos huérfanos y con discapacidad que se salían de los orfanatos Ucranianos a cumplir la mayoría de edad. Durante el inicio de la guerra, escapé con ellos, los rescaté, me llevé a estos chicos y vinimos a Italia junto con mucha gente de la comunidad, porque Kharkiv ha sido una de las zonas más afectada por los ataques rusos.
Continuará…
En la siguiente publicación, abordaremos la labor de Elena en la Asociación Emaús, y su experiencia rescatando jóvenes con discapacidad en medio de la invasión rusa.