Visita a México de SS Juan Pablo II, en el Estadio Azteca

Mundial de fútbol. Lo que está en juego es la Esperanza

Este año, México será uno de los tres anfitriones de la Copa del Mundo, en medio de una fuerte crisis social y política ¿cómo vivir este actontecimiento con esperanza?
Maximino Pineda

Este año, México será uno de los tres anfitriones de la Copa del Mundo, junto con Estados Unidos y Canadá. Por ello, la Ciudad de México se llena de obras aceleradas para presentar su mejor imagen urbana a los ojos del mundo. Los anuncios de cualquier producto están relacionados con un balón, una camiseta, un jugador o cualquier elemento asociado al fútbol; todo se mueve en la expectativa del evento deportivo más seguido del mundo cada cuatro años.

A nivel deportivo, el fútbol mexicano llega tras una crisis de los últimos años. Al parecer, la mejor época del fútbol mexicano ha terminado. Fueron aproximadamente 25 años (de 1993 a 2018) en los cuales México mantuvo un gran nivel competitivo, siendo protagonista en los mundiales, avanzando siempre a la segunda ronda y derrotando a grandes selecciones como Francia, Alemania y Croacia, entre otras. En este lapso también se ganaron dos mundiales Sub-17 y una medalla de oro olímpica. Hoy, a juicio de muchos, no goza de un gran nivel, por lo que su buen desempeño es muy incierto.

Por otro lado, México recibe el Mundial en medio de una crisis social y política muy dramática, tal vez nunca antes vivida. Un gobierno que apuesta por el control del Estado en todos los ámbitos genera continuas fricciones con la sociedad civil; el crimen organizado y la violencia continúan siendo el desafío social más apremiante del país; y acontecimientos que desatan desequilibrio y tensión, como lo vivido el pasado 22 de febrero, cuando se capturó a Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, generaron una de las jornadas de violencia más severas en el país. Varias miradas reflejan heridas en la sociedad.

Junto a lo anterior, la jefa del Poder Ejecutivo de México, Claudia Sheinbaum, confirmó que no asistirá al partido inaugural. Esto ha sido visto como un mensaje de indiferencia y subestimación respecto al efecto positivo que pueda tener entre los mexicanos este magno evento deportivo.

Con este statu quo, ¿cómo vivir este acontecimiento?

En nuestra libertad, y como siempre ante todas las cosas, nosotros decidimos nuestra postura: o ignoramos lo que sucede, es decir, nos damos la vuelta y afirmamos que todo está mal; abucheamos en lugar de aplaudir, nos quejamos en lugar de construir, partimos de nuestros prejuicios; o nos abrimos expectantes a lo que va a suceder, nos dejamos sorprender y esperamos algo bueno.

Debemos reconocer que la experiencia de los mundiales pasados jugados en México (1970 y 1986), en los que las situaciones eran similares tanto en lo futbolístico como en lo político-social, nos dejó en el corazón y en la memoria grandes momentos. No logramos un podio, pero quienes amamos al fútbol y a nuestro querido México tenemos un recuerdo imborrable que forma parte de nuestras vidas: el recuerdo de algo bello que sucedió y que no podemos dejar de agradecer.

Siendo realistas, México no será campeón del mundo, ni tampoco la situación sociopolítica dará un cambio radical. Sin embargo, el Mundial se juega aquí, en México, y eso debería generar ilusión. Hay quienes dicen que México llegará a semifinales. ¡Siempre se puede soñar! Además, sí puede dar un impulso a nuevas generaciones dentro de nuestra liga profesional.

Gol de Manuel Negrete de la selección mexicana contra Bulgaria, en el estadio Azteca, durante la Copa Mundial de 1986. El Universal, 15 de junio de 1986

Y para quienes seguimos trabajando, educando a nuestros hijos y enfrentando la vida, también puede cambiar nuestra mirada si vemos este acontecimiento como algo que alegra el espíritu, nos acerca más al otro y nos permite acoger a quienes llegan de todo el mundo; incluso puede abrir puentes de diálogo y comunidad que contribuyan a mejorar nuestras condiciones sociales. Lo que está en juego es la esperanza.

Lo mejor de México son los mexicanos. Por tantas bendiciones que hemos recibido, y en la medida en que vivamos a fondo nuestra identidad, podremos llevar al mundo aquello que nos ha sido regalado. Así lo describió el papa Juan Pablo II en su cuarto viaje apostólico, en el año 1999: un pueblo bendecido por Dios y por la historia; siete bendiciones que aún permanecen en la mente de quienes amamos a México y no perdemos la esperanza.

Nos bendijo por nuestra humanidad y fe; por nuestra fidelidad y amor a la Iglesia; por nuestros pueblos indígenas; por nuestros esfuerzos para desterrar las luchas divisorias mediante el diálogo; por extrañar a nuestros emigrantes; por apostar por la libertad religiosa; y por la Iglesia presente en nuestra tierra desde hace cinco siglos anunciando la Buena Nueva de Jesucristo.

Visita a México de SS Juan Pablo II en 1999

Hay en los mexicanos tanta gracia recibida que nos otorga una identidad particular y atractiva ante el mundo. Esa identidad está arraigada en la historia de fe del pueblo mexicano.

Por tanto, ¿por qué no vivir a lo grande este acontecimiento? ¿Por qué no desear que el fútbol, siendo “la cosa más importante de las cosas menos importantes”, sea un factor de alegría y esperanza?

Deseo que el Mundial nos dé la oportunidad de ser conscientes de quiénes somos, de recordar esa medida alta que podemos alcanzar si aprendemos a pertenecernos a nosotros mismos. En palabras del papa Francisco:

“...recordar la medida alta que México puede alcanzar si aprende a pertenecerse a sí mismo antes que a otros; de ayudar a encontrar soluciones compartidas y sostenibles para sus miserias; de motivar a la entera Nación a no contentarse con menos de cuanto se espera del modo mexicano de habitar el mundo”.

¡El modo mexicano de habitar el mundo! ¡Qué bella frase! ¡Significa tanto!

¡Vamos, México!